Steven Berkoff es ágil, frenético, sin complejos, ingenioso y muy divertido. Y Los malos de Shakespeare es uno de aquellos textos ante los cuales no puedes hacer otra cosa que sacarte el sombrero. Si la risa te lo permite, por supuesto. De entrada, puede parecer que el personaje sarcástico, carismático e irreverente sin nombre que nos presenta Berkoff en este monólogo y que no tarda ni debe minutos a meterse el público en el bolsillo, nos está hablando de ídolos, y de mitomanías. Y de hecho, en parte, la obra nos habla de esto. 4 La sombra alargada del genio de Shakespeare, de la grandeza de los mejores actores que lo han interpretado a largo de la historia, sirve a Berkoff para reflexionar sobre cómo recibimos en herencia las grandes figuras y tradiciones. Cómo las idolatramos, las idealizamos, o por el contrario, las acabamos rechazando justamente por el que representan. La obra empieza hablando de teatro, pero enseguida entrevemos la dura crítica social y política que se esconde a su detrás. Berkoff no es un autor de medias tintas, precisamente. Pero la obra de Berkoff no solo nos habla de ídolos, sino de algo todavía más primitivo y esencial para los humanos: la necesidad (inevitablemente) de amar y ser amados. Berkoff define un malo como alguien incapaz de estimar, sencillamente porque no le han enseñado. Nadie ha estimado el malo, y por tanto el malo no sabe cómo estimar. La tragedia es que todo el mundo necesita y desea ser querido, lo quiera o no. Los grandes malos de Shakespeare, más allá de sus maldades y manipulaciones, son individuos que buscan amor, pero que no lo encuentran. ¡Pero el que les mueve es precisamente este anhelo de amor! Y cuando no lo encuentran, recurren en sucedáneos perfectos: reconocimiento, validación, admiración, idolatría… hoy en día quizás esto lo buscarían en la política, o en las redes sociales.