Comedia y drama se dan la mano en La Truita, un menú servido durante un accidentado almuerzo familiar. Las relaciones de pareja, los conflictos generacionales y los valores que mantienen unidas a las familias son solo algunos de los ingredientes de este espectáculo cercano, divertido y emocionante. La dirección corre a cargo de Ferran Utzet.
Con diálogos vivos, una ironía fina y una marcada mirada contemporánea, La Truita se presenta como una magnífica muestra del teatro europeo más reciente. La acción transcurre durante un almuerzo familiar organizado por una pareja madura (Emma Vilarasau y Jordi Boixaderas) con motivo del sesenta y cinco cumpleaños de él.
El matrimonio tiene tres hijas, que llegan a la celebración acompañadas de sus parejas e hijos. El encuentro tiene lugar en la casa de campo donde la pareja reside desde hace unos meses: a punto de jubilarse, decidieron dejar la ciudad y abrir una panadería ecológica en un pequeño pueblo del interior, lejos del bullicio urbano… y también de sus hijas y nietas.
La tormenta estalla cuando la hija mediana, ahora lacto‑pesco‑vegetariana, se niega a comer el fricandó preparado por su madre y le pide que le cocine una trucha que ha comprado de camino en una piscifactoría. El conflicto está servido.
Mientras tanto, el padre tiene un anuncio importante que hacer. Según explica su autor, en La Truita “quería hablar de aquellos en los que no nos fijamos, en los que nunca nos interesamos, invisibilizados no por cuestiones políticas (que es lo que hacemos con los violentos, los locos o los pobres), sino simplemente por omisión, por falta de interés.
Aquellos que, de generación en generación, piensan en el mundo, intentan representarlo o representarse en él, pero que finalmente nunca lo hacen”.
La Truita habla de amor, de comida, de familia, de muerte, de amor, de generaciones, de valores universales, de comunitarismo, de la actualidad. Su implacable estructura está formada por tres partes: entrante, segundo plato y postre.